GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN ASTURIAS

 

astur 

 

En este mes de mayo de2008 se conmemora el doscientos aniversario de " La Guerra de la Independencia" contra los invasores franceses, de Napoleón Bonaparte, ante este acontecimiento

se desempolvaron libros, cronicas, y archivos en toda España y en Asturias en particular, por eso este blog que en su mayor parte es dedicado a Asturias recoge los escritos de la prensa  de esta comunidad.

Lo más llamativo es este artículo del diario " El Comercio " de Gijón:

  alarmaastur 1808

Abril de 1808 en Gijón, ¿inicio de la Guerra de la Independencia contra Napoleón?

  • El Ateneo Jovellanos sostiene que fue en la ciudad donde comenzó todo.
  • Hubo un levantamiento popular contra el cónsul francés.
  • El bicentenario de la Guerra
  • El Ateneo Jovellanos sostiene que fue en la ciudad donde comenzó todo.
  • Hubo un levantamiento popular contra el cónsul francés.
  • El bicentenario de la Guerra

    La Guerra de la Independencia española empezó en Gijón, el 27 de abril de 1808, y no el dos de mayo en Madrid, tal como dice habitualmente la historiografía oficial. Esta teoría la sostiene, con datos históricos, José Luis Martínez, presidente del Ateneo Jovellanos, una de las asociaciones culturales con más solera de la ciudad.

    Según dice, el 27 de abril hubo un levantamiento por parte de los gijoneses, que asediaron la casa del cónsul francés en Gijón, el cual «se vio incapaz de calmar a los soliviantados». Ése es, en opinión de algunos historiadores, el verdadero comienzo de la campaña contra las tropas napoleónicas.

    Con motivo del bicentenario de la Guerra de la Independencia, unos 30 gijoneses ataviados con ropas de la época recrearán el levantamiento popular en el palacio de Revillagigedo entre el 18 y el 20 de abril. Al mismo tiempo, unos 50 grupos folclóricos interpretarán la música y canciones de entonces. También se repartirán pasquines y se darán discursos en la calle para «levantar en ánimo revolucionario», señaló José Luis Martínez.

    Conferencias y algaradas populares
    El Ateneo Jovellanos comenzó ayer un ciclo de siete conferencias historiográficas con la Guerra de la Independencia como tema de fondo. La próxima, el viernes a las 19.30 horas, la impartirá el escritor Ignacio Gracia Noriega. Más información sobre el ciclo en http://www.ateneojovellanos.com. Por su parte, en Oviedo se hará una recreación pública de la algarada popular el próximo 9 de mayo.

     

    Y a traves de este articulo encontre esto que si que tiene importancia en lo referente a lo ya descrito.

     

    MEMORIAS DEL ARTILLERO : JOSÉ MARIA CIENFUEGOS JOVELLANOS ( 1763-1825 )

    por D. Francisco de Borja Cienfuegos-Jovellanos Gonzalez-Coto.

    D. Francisco de Borja Cienfuegos-Jovellanos González-Coto, nos facilita un extracto de su libro, titulado Memorias del artillero José María Cienfuegos Jovellanos (1763-1825), gobernador y capitán general de la isla de Cuba y de La Florida, publicado en 2004 en Gijón por la Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias

    CAPÍTULO III

    El 27 de abril de 1808 se producen en Gijón los primeros chispazos.

    Fue el cónsul francés, un señor llamado Legonnier, el que tuvo la osadía de provocar al pueblo lanzando desde su casa unas octavillas vergonzosas e insultantes para la monarquía española. Dándose la circunstancia de transitar en aquellos momentos por la calle Corrida, don Luis Menéndez oficial de artillería, mi primo, el director del Instituto y homónimo mío Pepe Cienfuegos y don Victoriano García Sala, los cuales y ante los ojos de Legonnier rompieron y pisotearon los escritos; pero el pueblo, preso de indignación y no conformándose con tan poco, apedreó el edificio, intentando atrapar al cónsul y darle su merecido, lo que le forzó a escapar por una puerta trasera, buscando urgente refugio en casa de un amigo.

    Pocos días más tarde, exactamente el 19 de mayo, por informes de maragatos y cartas particulares llegados de Madrid, conocíamos en Oviedo los atropellos y salvajadas del día 2. Comienza entonces la agitación en todos los sectores sociales, y al grito de ¡mueran los franceses!, se forma en Oviedo una manifestación, que encabezaban mi hermano Rodrigo Cienfuegos, conde de Marcel de Peñalba, el médico don Manuel de Reconco, y el señor Llano Ponte, arrollando a la tropa que intentaba cortarles el paso y arrancando de las manos a los soldados el bando con el que pretendían declarar el estado de guerra.

    Pasaré por alto, por ser de sobra conocidos, los acontecimientos, que hasta el 24 y el 25 de mayo se fueron sucediendo. Únicamente diré que en esos días entregamos al pueblo los fusiles y las municiones de las fábricas de Oviedo y Trubia, necesarios para la defensa de nuestra provincia, con la inexcusable condición de que se llevase a cabo una inmediata y urgente militarización oficial, encuadrando a todos los portadores de armas en unidades regulares de nuestro ejército.

    Ese mismo día 25 de mayo siguiendo las órdenes dictadas por el insigne patriota don Joaquín Navia Osorio, marqués de Santa Cruz de Marcenado, Asturias declaraba la guerra a Napoleón.

    Se hace imposible relatar uno por uno, tantos y tantos incidentes, combates y sucesos en aquellos años acaecidos. Diré tan sólo que Asturias fue inmediatamente atacada desde tres puntos por los prestigiosos generales franceses: Ney [21], que entraba por Galicia con cinco mil hombres; Kellerman [22], por Pajares con cuatro mil; y Bonet [23], por Santander con tres mil. Asimismo, tuvimos que hacer frente a tropas escogidas del mariscal Soult [24]. Bonet era el encargado de dominar al país, en el que durante dos años sería gobernador.

    Por lo que a mí me atañe, diré que el 1 de septiembre y por la Junta Suprema del Principado, fui interinamente elevado desde mi grado de teniente coronel de Artillería, a general de la misma arma y teniente general del Ejército Asturiano, dando comienzo a las operaciones.

    III.1 POSICIÓN DE JOVELLANOS

    Tío Gaspar, encarcelado el 13 de marzo de 1801, salió del castillo de Bellver el 22 del mismo mes de 1808, y después de recibir los desagravios, agasajos y honores que en Mallorca le tributaron –y que no es del caso detallar–, el 20 de mayo desembarcaba en

    Barcelona, ya con España entera sobre las armas, entrevistándose allí con Palafox, y partiendo a buscar refugio en Jadraque, donde le estaba esperando su gran amigo Arias Saavedra [25]. Después de negarse a colaborar como ministro con el gobierno del rey intruso, fue nombrado representante en Asturias de la Junta Central, con la que más tarde iba a sufrir toda clase de sinsabores, humillaciones e injusticias.

    Como se hace imposible, ni esbozar siquiera, algo de lo sucedido en aquellos años, de lo que tío Gaspar fue protagonista, paso únicamente a copiar algunos párrafos suyos de una carta que a mi hermano Baltasar, Secretario de la Junta en Asturias, le envió desde Sevilla:

    «[…] Se me olvidaba lo mejor. Estamos, como he dicho, en la mayor penuria de fusiles y se hacen los más vivos esfuerzos por montar aquí una fábrica de ellos. Quisiéramos, por tanto, que Vms. nos enviasen algunos cañoneros, que por medio de esos vizcaínos nos reclutasen otros del país cautivo, y sobre todo que Pepe [26], hiciese fabricar ahí, para nosotros cuantos más mejor, dando a este objeto la mayor actividad y cuidado, aunque fuese sacrificando algún dinero en gratificaciones y premios. Fuera bueno también que, desde luego nos enviasen Vms. cuantos tuviesen a mano pues que ahí los pueden luego reemplazar y aquí nos los piden de Valencia, Cataluña, Mallorca, Murcia y de todos los ejércitos. Esperamos treinta mil de Inglaterra, ofrecidos más ha de tres meses, pero tuviéramos cien mil y todos serían empleados. Con noticia de que Vms. carecían de hierro, se encargaron cuatro mil quintales, con orden de que se enviasen a esa; pero por no sé que falta de dinero o letra no se verificó. Ahora se pide mayor cantidad y no sería extraño que Victoriano pudiese llevarla. Cuiden Vms. de ayudarnos en esto. Con fusiles triunfaremos.

    Tengo ofrecida a lord Holland [27], que ahora se halla aquí, y que a sus antiguos favores añade cada día nuevas prendas de aprecio y amistad, el cuadrito de la Virgen de Murillo, que está en el testero de la sala, junto a la puerta de la chimenea, y es preciso que me lo envíes por don Bernabé Cabezas, para que yo tenga el gusto de hacerle este presente. Este señor ha tomado por nuestra causa el interés más vivo, y yo no dudo que si mudase el ministerio en Londres, en cuyo caso no podría dejar de ser parte en él, nuestra causa tendría cuantos auxilios pudiese desear. Ya no contamos con que envíen otro ejército; pero pasaríamos sin él si nos diesen fusiles y dinero, lo cual nos escasea también, al mismo tiempo que indican otras pretensiones exorbitantes a que no se puede acceder. Si para hacernos la forzosa ahora que estamos con el agua a la garganta, o para hallar un pretexto para cerrar la bolsa, no lo sé.»

    En noviembre de 1811, estando yo destinado de comandante de Artillería en Galicia, me llega la tristísima noticia de la muerte de tío Gaspar a consecuencia de una pulmonía. La casualidad y una tormenta, obligaron a la embarcación que le traía a recalar en Puerto de Vega. Había salido el 6 de noviembre de Gijón en un pequeño falucho huyendo de los franceses.

    Decir que España perdió a uno de sus mejores hijos, y nuestra familia al mejor de los padres, es decir muy poco. Callaré respetuosamente, escondiendo el dolor en el silencio, que es el único modo de expresar acertadamente la tremenda magnitud de nuestra desgracia.

    III.2 LEVANTAMIENTO EN ASTURIAS

    Describir pormenores de lo que fueron las primeras jornadas del levantamiento en Asturias, sólo la Historia puede hacerlo. Me limitaré a decir que la Junta del Principado de la que formaba parte como secretario mi hermano Baltasar y que presidía nuestro grande y admirado marqués de Santa Cruz de Marcenado, actuó enérgicamente en un principio y después de muchas vicisitudes, cambios y sustituciones, en que intervenían como causas fundamentales los éxitos o fracasos en las operaciones bélicas, el día 2 de abril de 1810 se formó en su seno un Consejo de Guerra, bajo mi presidencia y con la colaboración de los generales Woster; don José Pescí como fiscal militar; don Antonio Peón; don Juan Moscoso y don Miguel Lerma. La junta, además de la dirección de las operaciones militares, tenía a su cargo luchar contra las deserciones, las extralimitaciones, violencias y abusos de autoridad en las milicias castigando enérgicamente cuantas llegasen a su conocimiento, entrando también en su cometido, el premiar las acciones heroicas, así como cualquier otro hecho que, digno de ello por civiles o militares fuese realizado.

    Hubo de improvisar la Junta rápidamente la energía que desde un principio en Asturias faltaba, por las ya mencionadas mutaciones de los mandos; por las constantes disensiones, destituciones y nuevos nombramientos; por la falta de continuidad en las funciones, que no permitían terminar convenientemente obra ninguna empezada y, sobre todo, por la osada intervención que en nuestros planes militares, tenían algunos elementos civiles, ignorantes, como es de suponer, en cuestiones tácticas y estratégicas.

    También fue preciso luchar contra la falta de armas por la carencia absoluta de dinero y de materiales para fabricarlas; con las tremendas dificultades para calzar y vestir a nuestros pobres soldados; con los inconvenientes, a veces insuperables para alimentarlos.

    ¡Ah si hubiésemos tenido armas, municiones y dinero! Porque en cuanto a hombres nada precisábamos, ya que por cada uno que caía, había cuatro o cinco esperando para empuñar su fusil.

    Y esto a pesar de que en nuestras fábricas y herrerías se trabajaba incesantemente, sin regatear sacrificio ni esfuerzo. Después de las derrotas sufridas en febrero de 1810 el ejército regular de Asturias había quedado reducido tan sólo a cuatro mil hombres que más adelante y con las levas, fueron aumentando paulatinamente.

    Porque las gentes aquí, si bien luchaban con el mayor patriotismo y entusiasmo, gustaban de hacerlo cada cual a su manera, a su aire, corriendo libremente en las guerrillas, a las órdenes como máximo de un civil, la mayoría de las veces otro como ellos, que los repartía a su antojo por cañadas, montículos o barrancos, sin otra estrategia que su parecer, libres de preocupaciones tácticas y militares. Pero nosotros no podíamos autorizar, como sistema único de combatir, aquélla irregular manera de comportarse, por lo que el 18 de abril firmé una orden en la que textualmente decía:

    «Todo español, a partir de hoy es declarado soldado, con la obligación de defender su libertad, su religión, su constitución, su vida, su hogar y sus bienes […]»

    El 28 de diciembre de 1808 se dio un decreto reglamentando las guerrillas, que en Asturias por nuestro carácter independiente, ningún jefecillo cumplió. Y eso que acordamos en la junta, castigar con la pena de muerte, a los que no acudiesen a las alarmas, no excluyendo de tal obligación más que a los afectados de visible incapacidad física.

    El territorio de Asturias, estaba dividido, para su mejor dirección en seis zonas y cada una de estas en parroquias. Eran las campanas de las iglesias tocando a rebato, las que daban la alarma anunciando la proximidad del enemigo. Concentrábanse entonces ante los ayuntamientos todos los patriotas, a los que estratégicamente se iba emplazando en los lugares ya pensados de antemano.

    Era de ver, como el repicar de las campanas hacia detener todas las actividades marchando cada cual a ocupar su puesto, cumpliendo con su obligación. Dejaban los campesinos sus yuntas, arrojaban al suelo las herramientas y salían corriendo, a casa en busca del fusil, mosquetón, escopeta de caza, pistola, trabuco o simplemente las tridentes y los cuchillos, los que no podían disponer de otra cosa. Cerrábanse entonces las puertas de las casas, los establos, los portones de los comercios, escondiendo las mercancías, los comestibles y cuanto hubiese aprovechable, ocultando los ganados o echándolos al monte. Los franceses entraban en los pueblos requisándolo todo. Como por encanto se desalojaban las tabernas, suspendiéndose al punto las partidas de cartas, vaciándose los locales en un santiamén, no sin apurar de un trago el vaso empezado; y hasta los chiquillos, que venían de las escuelas, salían disparados hacia el monte después de dejar sus libros abandonados en cualquier parte. Corrían como diablos y trepaban a los árboles para avizorar mejor, en su afán de ser útiles con sus informes. Iban siempre acompañados por los perros del pueblo, para los que aquello era también un festejo. Los ricos y los pobres, los altos y los bajos, los clérigos y los seglares, todos hermanados, en el esfuerzo y con los mismos ideales de independencia y libertad.

    Para estimular la colaboración de los más fríos, interesados o pusilánimes, decidimos pagar los servicios de información, una vez comprobada su exactitud, con un mínimo de dos duros por cada uno, variable la cantidad según su importancia. Creíamos ciegamente en ellos. Hasta el punto de que nunca pudimos comprobar ni un solo caso de engaño, error o deslealtad. Da idea de como andábamos de dinero, el hecho de que para sufragar estos servicios tan sólo pudimos consignar doce mil reales.

    A medida que el tiempo iba pasando la guerra se hacía más dura, enconada y bestial. A nuestros soldados y guerrilleros, se les bautizaba por el enemigo como insurgentes y bandidos para encontrar pretexto y fusilarlos sin contemplaciones. Fue Bonet entre todos ellos el más sanguinario, hasta el punto de que para atemorizar al pueblo, justificando su villana conducta, lanzó este decreto del que copio dos de sus principales artículos:

    «Primero: Todo labrador hallado con las armas en la mano será inmediatamente arcabuceado.

    «Segundo: Será considerado como salteador, todo hombre con uniforme no conocido en España antes de la insurrección, y castigado de muerte.»

    Continuaban varios artículos más, y lo firmaba Bonet a 30 de marzo de 1810.

    Esto me obligó a responder con otro, más enérgico, cuyas últimas consecuencias, como se comprende, en manera alguna ejecutamos:

    «Nos, el Capitán General y General en Jefe…

    «Primero: Todo labrador y artesano que muera con las armas en la mano, en defensa de la Patria, será recompensada su familia con una medalla de plata.

    «Segundo: Será considerado salteador todo francés vestido con uniforme conocido en Francia antes de la Revolución; y los que no se hallen vestidos de encarnado sufrirán la pena de muerte. […]»

    Los artículos tercero, cuarto, quinto y sexto mencionaban recompensas y amnistías para los desertores, que arrepentidos volviesen a nuestras filas.

    ««[…] Séptimo: Todo francés, que fuese aprehendido cerca de un edificio quemado, será quemado irremisiblemente en el mismo sitio.

    Luarca, 10 de abril de 1810. Cienfuegos. Rubricado.»

    Con ello, tan sólo pretendíamos detener el afán de incendiar que alentaba en todos los franceses.

    Oviedo, cuna de tanto saber y virtud, recibió la invasión extranjera como un ultraje a su cultura, a su religión, a su señorío y a su tradicional y enraizado patriotismo, conmoviéndose dolorosamente la ciudad entera cuando la guerra precisamente para protegerla, nos obligó a abandonarla.

    Yo solía entrar en Oviedo algunas veces durante la ocupación por el enemigo. Lo hacía siempre por las noches y vestido de paisano. Me gustaba ver cuanto allí pasaba para evitar sorpresas que nunca traen nada bueno. Por muy dura, por muy sangrienta que la batalla sea, prefiero la guerra frente a frente, que no ésta en la que se ignora por donde van a caer los palos. Los días de lluvia y nubes bajas eran los más propicios para estas aventuras. En cuanto atardecía, marchaba siempre por el mismo conocido itinerario, oyendo graznar a los cuervos, bordeando la falda del Naranco, sin otra compañía que las pistolas. Me escondía detrás de las casas, en el fondo de los matorrales, o al amparo de los robles y de los castaños. Lo hacía andando despacio, midiendo mis pasos, y escuchando en el silencio atentamente; a intervalos el viento hacía sonar el ramaje favoreciendo mi intento; aprovechaba entonces para andar más rápidamente. Era necesario hacerlo con toda clase de precauciones ya que cualquier murmullo, por insignificante que fuese, podría delatarme ante los centinelas. En tanto las sombras eran cada vez más densas y la noche bajando sobre los llanos, aumentaba mi seguridad.

    Una vez en Oviedo los frailes me proporcionaban la mejor y más exacta información. Sobre todo los franciscos, a cuyo convento, ya dentro de la ciudad, llegaba después de haberme escondido detrás de paredones, rinconadas, y los lugares más incomprensibles.

    Fuese cual fuese el momento y mediante cierta señal previamente convenida, me abrían la puerta trasera que daba a la huerta.

    La mayoría de las veces ya me estaban esperando. Solía hacerlo casi siempre un frailín pequeño, calvo, tripudo y redondo como una bola, con el que jamás hablé. Sin cruzar una palabra y en la oscuridad más completa, me guiaba por pasillos y corredores andando de puntillas sobre sus chirriantes sandalias hasta las habitaciones centrales del edificio, en que ya me esperaba el padre superior. Recuerdo que era viejo, con barba muy larga, los lentes sobre la punta de la nariz, y que aparecía siempre, ante su mesa de trabajo, rodeado de libros y papeles. Con él me quedaba mientras las pisadas del frailín se iban perdiendo a lo lejos. Aprovechaba entonces para confesar y saber, cuanto de la situación me interesaba. ¡Y qué bien lo explicaba todo! Con qué precisión me enteraba de las unidades, movimiento de las tropas, convoyes de entradas y salidas, lo que traían y lo que llevaban, horarios, los heridos, los muertos, los que iban a llegar o se marchaban, y hasta de los vecinos que por no poder sufrir más, abandonaban y huían. Porque Oviedo, a la entrada de los franceses se había quedado vacío. Ocurría igual en el resto de las aldeas y los pueblos de Asturias. Unos escapaban por miedo, otros por no verse obligados a entregar cuanto tenían, otros por no querer prestarles ayuda, aunque tampoco faltaban traidores.

    Yo, una vez sabido lo necesario, regresaba al Naranco por el mismo itinerario que había venido. Mis visitas eran siempre veloces; diez minutos, confesión incluida. Me daba la impresión que los frailes respiraban satisfechos al verme marchar. ¡No me extraña!

    Ellos pasaban también sus apuros, hasta el punto que en cierta ocasión llegaron a ofrecerme un hábito porque las patrullas de reconocimiento no acababan de abandonar los alrededores. Ya se comprende que me negué a aceptarlo por el peligro que hubiesen corrido, si llegan a descubrirme.

    La noche en Oviedo es siempre pavorosa. Al toque de silencio se atrancan puertas y ventanas y quedan las calles vacías. Reina por todas partes la más densa oscuridad. Las patrullas que hacen la ronda de vigilancia y relevan los puestos de centinela, marchan en fila india pegados a las paredes, muertos de miedo, dando culatazos a las puertas, haciendo continuos registros y con los fusiles montados y listos para disparar. Los gatos, que también parecen barruntar el peligro, cruzan las calles veloces como sombras. A lo lejos suena, de vez en cuando, el fogueo de centinelas medrosos o bisoños. En la quietud de las calles a oscuras se oyen los goterones de lluvia cayendo sobre las losas.

    Recuerdo con la mayor tristeza aquel 14 de febrero, en que a fuerza de superioridad numérica, y llevándolo todo por delante entraron los franceses en Oviedo, obligándonos a fortificar en el Narcea. ¡Nunca como en esos días Asturias me pareció más hermosa!

    Desde las alturas de aquellas montañas de rebecos, de lobos y de águilas, duro y escarpado paisaje como las rocas verticales que lo forman, podía contemplar en toda su grandeza los helados picos de la cordillera, con los puertos cerrados por las nieves del invierno.

    ¡Amargos atardeceres llenos de negros presagios, casi sin esperanzas, en el marchar del día hacia su ocaso, con el cielo teñido por colores extraños! Desde allí veíamos a los franceses ascender monte arriba, a paso de fatiga y dificultades, por barrancos, gollizos, y senderos de cabras. Mandábamos entonces a las mujerucas al río, y con el pretexto de subir agua nos informaban de sus propósitos.

    Durante la noche nos refugiábamos a dormir en las casas de aldea y más frecuentemente en las tenadas. ¡Qué sabrosos entonces los vasos de buen vino y la carne asada de cabrito! Allí, al amor de la lumbre y a la luz de los candiles, podíamos aflojar nuestros correajes y descansar del peso de las armas y la impedimenta, antes de acostarnos sobre la hierba o en jergones de fueya, para salir otra vez al monte con las primeras luces del alba, después de beber aprisa y corriendo un cuenco de leche recién catada. Luchábamos entonces en plan ya de completos guerrilleros. Era esa la única manera que teníamos de hacer por la causa alguna labor útil, por cuanto carecíamos de soldados para presentar batalla. Ocasiones hubo en que no me quedaba otro subordinado que el cornetín de órdenes. Pero yo, a pesar de mis años me encontraba como un soldadín más. Siendo sincero diré que aquella vida me hacía rejuvenecer.

    Y aunque mis ropas las rechazaría un mendigo, y las barbas y suciedad me inspiraban a mí mismo repulsión y asco, gozaba corriendo y trepando por montes y brañas, atravesando calzado los riachuelos, bebiendo arrodillado en sus aguas, penetrando por matorrales y vericuetos, subiendo a los árboles, montando caballejos sin casta y sentándome a descansar aspirando aquel aire diáfano en el silencio majestuoso de las cumbres. Nos divertía ver a los franceses correr a esconderse o arrojarse de bruces en el suelo, sorprendidos por nuestros disparos. Pocos días después vimos con la natural alegría llegar de Galicia un refuerzo nada menos que de dos mil hombres. Reagrupando otra vez a los nuestros, rompimos el frente de Peñaflor y tras durísimo combate volvimos a reconquistar

    Oviedo, aunque desgraciadamente por poco tiempo, pues Bonet, trayendo una gran masa de hombres, consiguió otra vez desalojarnos.

    Pero nuestro espíritu, lejos de caer, perecía crecerse con la adversidad y con el ejemplo de aquellos admirables soldados, carne y sangre de España que, descalzos y hambrientos, soportaban todo sin un gesto, sin una palabra, sin una queja, haciendo hasta proyectos para cuando llegase la que parecía imposible victoria.

    Aquellas esperanzas –¡triste es decirlo!– estaba lejos de compartirlas el Consejo de Regencia, que caído de espíritu, me forzó a enviarle en nombre de la Junta un escrito por mí firmado, que textualmente decía:

    «[…] Esta Junta se sostendrá hasta el último extremo, y si hallara ocasión, desde aquí bajará como un impetuoso torrente a confundir y deshacer al enemigo, peleando contra él, cuando no tenga otras armas, con las que a todos nos presta la naturaleza. […]»

    Por necesidades de la campaña, en 1812, me nombran jefe de la Comandancia General de Artillería de Extremadura. Más guerra.

    ¿Para qué seguir contando? Allí traté con Wellington [28]. Me habló mucho y con gran entusiasmo de tío Gaspar al que conoció en Sevilla. Agudo estratega, audaz de genio, de pensamiento claro y espíritu valiente. Hábil diplomático tenía siempre dispuesta para cada visitante la palabra, el gesto o la sonrisa que necesitaba. Gran personaje este Wellesley pero ¡qué orgulloso! Anosotros nos miraba un poco de arriba abajo, seguro de sí mismo, como si lo hiciese desde la torre de un castillo roquero.

    En 1813 concluye la guerra. Los franceses son arrojados de España, ocupando yo entonces el Consejo Superior de Guerra. Pero la tranquilidad va a durar muy poco. En el horizonte aparecen otros nubarrones presagiando nuevos quebrantos.

    La política, las independencias, las emancipaciones, van despedazando las colonias con el beneplácito de nuestros enemigos.

    Antes la guerra nos desangraba con velocidad, ruidosamente, a cañonazos, hoy la política lo hace en silencio, poco a poco, gota a gota…



      

    clip_image001[4]      jovellanos D. José María Cienfuegos Jovellanos Y D. Gaspar melchor de Jovellanos, su tio.

     

     

     Solo pretende esta entrada rendir honores a los hombres y mujeres de entonces los que lucharon y murieron y los que dejaron testimonio de todo lo acontecido, y agradecer la generosidad de quienes cedieron parte de su libro.

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    4 respuestas a GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN ASTURIAS

    1. mimosina dijo:

      Hola chatiii
       

    2. Minin dijo:

      Un documentu británicu inéditu sobre
      Asturies.. la xunta  xeneral declarase soberana y manda embaxadores a Inglaterra….http://www.asturies.com/paxina.php?fpaxina=memoriaencesa1

    3. EDUARDO dijo:

      La bandera de asturias de aquel tiempo era de fondo blanco y la cruz de la victoria sobre ella. Con la leyenda de "asturias nunca vencida".Nada que ver con el dibujo ese de bandoleros asturianos

    4. No0oSeR dijo:

      ni tinen lo q quiero no ma si ponene imformacion ponganla bien vale cak

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