Las leyendas……

Leyendas en torno a las cabañas

Las leyendas al mor de las cabañas: entre El Vache la Muyerona y El Mayéu Ciegu

Interesantes leyendas debieron recorrer la primillera de las cabanas tiempo atrás, por muy desdibujadas que hayan llegado a nuestros días. Quedan nombres tan arraigados como El Vache la Muyerona y La Cruz del Ciegu, sobre las brañas de Cuayos y La Vachota, justo uno a continuación del otro, casi ya en el límite con las majadas leonesas de Cacaviellos.

Varias versiones circulan todavía acerca de las aventuras y desventuras de una misteriosa mujer con un ciego, perdido un día de niebla en aquellos altos al filo de los dosmil metros, en una encrucijada de veredas pastoriles hacia la vertiente leonesa, y de sendas vaqueras hacia la fastera lenense.

Una simple encrucijada de senderos
Según la interpretación popular de los vaqueros, el topónimo se debe a una desparecida cruz que se levantó en el paraje por respeto a los abusos y muerte del ciegu a manos de la muyerona (hay otros finales también).

La realidad es mucho menos imaginativa y sospechosa: La Cruz es una simple encrucijada en una pequeña campa siempre verde, sobre un arroyo cristalino, que mucho agradece el caminante bajo el pleno sol del estío a media tarde.

Lo de Ciegu es evidente también: un lugar ‘ciego’, no porque él no vea, sino porque nadie lo ve a él hasta que no está encima. Más abajo queda El Mayéu Ciegu, que definen sin titubeos los vaqueros: cuando allí sestean las vacas, no hay quien dé con ellas hasta que uno sube a comprobarlo, por una gran pendiente desde las cabañas fonderas.

Y de la piedra mutsar, a mucher, muyer, muyerona…
Lo de Muyerona parece otra interpretación popular entre tantas, a partir de simples suelos con tierra o piedra mutsar, muchar, es decir, voz latina mollis (‘flexible, blando’): en este caso, suelo lamizo, chamarguizo, muy húmedo, con abundantes piedra menuda tipo oxiza, arenosa, desgajada de los altos del Negrón.

Es el caso de tantos parajes asturianos llamados "El Pozu de les muyeres Muertas", Mutseiroso, Pena Mutsada… La imaginación popular hizo todo lo demás, con la sana intención de los abuelos por explicar a los nietos el origen de un valle alto sobre las cabanas, con nombres tan intrigantes.

En busca del Homón de Faro
Leyendas semejantes debieron llenar muchas horas al mor de las cabañas, en busca de la identidad pasada de pobladores y poblados de cada valle. Resuena en los pueblos de Parana y Congostinas la leyenda del Homón de Faro: un picacho sobre la Vía Romana de la Carisa, entre los mayaos de La Cava, Busián, Fuentes, Fasgosa…

En definitiva, junto a El Castro de Curriechos, investigado por J. M. González en los años sesenta: de las murias del castro arrancaría la voz popular.

El picacho que llaman los vaqueros L’Homón de Faro puede que no haya sido otra cosa en el principio que ‘El Monte Faro’, deformado por la imaginación popular que habla de un gran esqueleto primitivo encontrado en aquel monte (a unos 1800 m de altura).

Es decir, lo que sólo es un monte ‘alto’ desde el que se ve el mar en noches claras, fue reconvertido por la leyenda en un homón, una vez que la palabra quedó en posición inicial cuando se añadió al topónimo la circunstancia del faro que se otea desde el paraje.

Es más, el picacho saliente y alomado, sin roca alguna de posible figura humana, en absoluto recuerda nada parecido a un ‘hombre’, que justifique el topónimo de los vaqueros.

Y desde El Monte, al Homón – que interpretan los vaqueros
El caso es que su posición sobre la vía romana de La Carisa, y junto al castro de Curriechos, formaron la leyenda hoy generalizada en los pueblos del valle: se dice que allí se encontraron restos humanos de grandes dimensiones, pertenecientes a nativos gigantes, muertos heroicamente en férreas batallas contra las invasiones en Lena por los conquistadores romanos. Varias versiones en torno a este núcleo común.

El hecho debe ser bastante más sencillo: desde El Monte Faro se hubo de pasar a El Mon(te) (de) Faro, El Mon de Faro, por evidente reducción fónica de las palabras en contexto (pérdida de -te-, -de-). Y de ahí las leyendas actuales, que empiezan a desaparecer.

Con la ilusión de algún día dejar de ser brañeros
Otras leyendas nacidas en torno a las cabañas llegaron hasta los lenenses de hoy, en parte desdibujadas en la voz oral, y en parte selladas sobre ciertos parajes con nombres bien significativos: L’Ayalga, El Preu la Tsalga, El Cotséu l’Oro, La Cueva l’Oro, Las Minas de Cobre, Cuamoros, El Castiichu los Moros, La Bolera los Moros, El Mayéu’ Güey…

Muchos brañeros, con nombres y apellidos, se citan con su pala y su picón cavando a destajo en las horas libres de la braña, por si un día pudieran hacerse ricos y dejar la vida de las cabañas: no se recuerda a ninguno con esa suerte, claro.

En todos los casos se trata de lugares en los que existe una larga tradición de tesoros escondidos, xugos de oro, ricas vetas que prometían fortunas, boleras de moros…, una y otra vez excavadas desde abuelos a nietos, sin más resultados que supuestos ‘hallazgos’ espectaculares, nunca vistos de cerca, por supuesto.

El pote con las cenizas de oro
A modo de ejemplo sirva la que cuentan los vecinos de Vache-Zurea sobre El Cochéu l’Oro, al lado de La Pena Chago: uno de los bisabuelos -dice la voz popular- llegó a encontrar un misterioso pote muy pesado en la collada cimera del cordal. (El bisabuelo siempre se acaba de morir, por supuesto).

En principio, el afortunado bisabuelo creyó el pote lleno de ceniza de algún tsar, por lo que lo vació en el suelo, con el fin de aprovecharlo para su cocina en casa. Sin más cuidados, se echó a dormir la siesta, pues el día estaba nublado y había poco que facer.

Pero llegó el milagro: cuando despertó a media tarde, había salido el sol en la cima del cordal, bajo La Pena Chago, de modo que se dirigió a recoger el pote. Observó entonces que los destellos entre las cenizas derramadas le cegaban la vista y se tambaleaba deslumbrado.

Asustado el anciano, recogió de nuevo, y como pudo, las cenizas en el pote, y las llevó al poblado, donde le confirmaron que se trataba de polvo y pepitas de oro de excelente calidad.

Existen varias versiones sobre el pote del Cochéu l’Oro, pero siempre con el mismo final en suspense: en ninguna se dice que el brañero se enriqueciera y se convirtiera en el hombre rico del lugar.

Extracto del artículo publicado sobre este tema:
"Costumbres vaqueras en las brañas lenenses ", en Etnografía y folclore asturiano: conferencias 1998-2001 (pp. 75-119). RIDEA. Oviedo.
CONCEPCIÓN SUÁREZ, J. (2002).

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