V.I.P. Cardenal Inguanzo

 

 

 

CARDENAL INGUANZO

(1764-1836)

Pedro Inguanzo y Rivero, que con el tiempo llegaría a ser

cardenal de la Iglesia, arzobispo primado de las Españas

e incluso orador político en las Cortes de Cádiz, era llanisco,

nacido en La Herrería el 22 de diciembre de 1764. Hizo sus

primeros estudios en Celorio, de donde pasó luego a la

Universidad de Oviedo y más tarde a la de Sevilla, en la que obtuvo el grado

de doctor en Teología

  En 1795 gana el puesto de doctoral en el Cabildo de la Catedral de Oviedo,

donde se dio a conocer muy pronto como orador y polemista de garra, además

de por su cultura enciclopédica. Era un hombre perennemente rodeado de libros

y publicaciones, y que dominaba el griego, el latín, el italiano, el francés y el inglés,

y podía leer el alemán. Todo ello le permitía estar al día en el mundo del pensamiento

intelectual europeo, así como en los movimientos políticos de la época. Su casa

ovetense era habitual lugar de reunión de los intelectuales asturianos que deseaban

estar enterados de lo que sucedía en la atormentada Europa del ocaso del siglo XVIII,

cuando están triunfando los ideales de la Revolución Francesa.

Cuando en 1808 comienza la guerra de la Independencia, es Inguanzo uno de sus

más firmes y activos agentes, enfrentándose incluso al obispo Gregorio Hermida,

más o menos solapadamente colaborador de los franceses.

El doctoral Inguanzo fue encargado del Ministerio de Gracia y Justicia al ser

organizado el gobierno de Asturias por la Junta General del Principado. Más tarde,

en 1810, al ser elegidos los diputados asturianos a Cortes, fue designado como

uno de los representantes del Principado en ellas.

Por una de esas paradojas de la historia, se dio la curiosa circunstancia de

que las dos cabezas de los movimientos parlamentarios de las Cortes de

Cádiz fueron dos asturianos: Inguanzo dirigía los ímpetus tradicionalistas,

en tanto que Agustín Arguelles lo hacía con los innovadores liberales.

La guerra polémica y oratoria de estos dos personajes alcanzó las más altas

cotas. Frente a la teatralidad, la grandilocuencia y el atildamiento de Arguelles,

se plantaban la cultura, las sólidas razones y la plúmbea dialéctica de Inguanzo.

Ambos construyeron auténticas obras maestras de la oratoria política de su época,

difícilmente digeribles en la actual, pero no por ello menos magistrales.

Inguanzo, acérrimo partidario de la continuación operativa de los tribunales de la

Inquisición, logró imponer en la Constitución de 1812 el artículo referente a la religión

católica, por la que ésta era establecida como religión del Estado, oficial y perpetuamente.

 Además, consiguió fama por sus polémicas acerca de la propia Constitución, a la que

acusaba de no ser más que una «simple traducción» de la francesa revolucionaria de 1791.

Sostenía, y en ello coincidía con Jovellanos, que en la tradición jurídica de España, lo

mismo en el reino de Castilla que en los de Aragón o Navarra, había elementos más que

suficientes para hacer una Constitución con personalidad propia, que respondiese a las

necesidades reales de España, sin necesidad de caer en el vicio poco ingenioso de copiar

leyes foráneas que nada tenían que ver con las vigentes en este país, pero que no estaban

de moda en aquellos años.

Aparte de eso, la palabra arrebatada de Inguanzo lograba lo que no había conseguido

ni siquiera la Inquisición: que sus sermones y discursos fuesen escuchados por grandes

multitudes en riguroso silencio, y a nadie le parecía mal que intercalase en ellos alusiones

patrióticas referentes a la guerra contra los franceses, en las que incluso era aplaudido

por sus enemigos políticos.

Al término de la guerra de la Independencia, Inguanzo es nombrado obispo de Zamora,

en cuya diócesis estuvo durante casi diez años, no sólo organizándola, sino escribiendo

incesantemente una serie de obras de temas político-religiosos, relacionados con la

tradición eclesiástica enfrentada al l­beralismo «ateo» de los que se oponían a Fernando VII.

En el año 1824, es nombrado arzobispo primado de las Españas. Casi inmediatamente

después, es promovido a la dignidad de cardenal de la Iglesia por el papa León XII. Durante

los doce años que aún vivió, Inguanzo estuvo al frente de la diócesis primada española,

desde la que realizó una gran obra de reorganización eclesiástica, imprescindible en la

Iglesia española de aquellos momentos, tan trastornada por los sucesos de la invasión

napoleónica.

Inguanzo, fue un magnífico representante de todo lo que suponía la continuidad

reaccionaria, incluyendo el mantenimiento de los tribunales de la Inquisición y del

absolutismo tradicional. Era, a la vez, tenazmente resistente a que el poder civil

desmantelase el tradicional poder de la Iglesia  Se distinguió desde su sede toledana

en la persecución de los clérigos de ideas liberales, a los que castigaba con la máxima

severidad cuando no cumplían con sus funciones pastorales, o cuando daban malos

ejemplos. Y dar «malos ejemplos» incluía no ser convencido partidario del Antiguo

Régimen, representado por Fernando VII, monarca «por la gracia de Dios», pero no por

la Constitución.

Sus persecuciones de clérigos liberales considerados por la Iglesia indignos durante

su primado, no le impidieron seguir sus líneas de escritor y orador brillantísimo, seguía

arrastrando a las masas detrás de sus ideas, ya puestas de manifiesto en sus años

de obispo de Zamora.

La carrera del cardenal Inguanzo fue redondeada, además, por sus nombramientos como

académico de la Real de la Historia y consejero de Estado. Falleció en Toledo siendo

cardenal primado de la diócesis y de las Españas, el 30 de enero de 1836.

 

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