Un cachin de Hª….triste muy triste

        

Un retazo de historia de este pueblo astur

 

 

 Navegando por internet encontré esta página en Google, donde se reproduce una parte de un libro que,… no se el autor, ni el título, pero cuando lei esto que más abajo  inserto en este blog, recordé todo cuanto  en mi infancia y adolescencia contaban mis abuelos, y también vinieron ciertos recuerdos de la represión hacia  una persona, a la que debo esto, ( El se quedó y también sus hijos y esposa, que tambien lo sufrieron) aunque ya no esté conmigo.

 ¡¡¡ VA POR TI ABUELO!!!

 

 

 http://rt000pq5.eresmas.net/PAGE3.htm

 

El 20 de Octubre de 1937, una masa enloquecida y aterrorizada se lanzó sobre los últimos puertos de Asturias en poder de los republicanos con una misma idea en la cabeza: salvar la vida alcanzando la costa francesa en cualquier cosa que flotase. El mar y los barcos se convirtieron en el centro de todas las esperanzas, y un buque de guerra, el crucero nacionalista “Almirante Cervera”, en el origen de todos los temores, de todas las pesadillas.

La historia de este “Dunkerque” que tuvo lugar hace sesenta años en Asturias, se rescata del olvido merced a una minuciosa investigación que el autor, desde la independencia de criterio y libertad de pensamiento y de palabra que le caracterizan, ha sabido presentar de forma amena, ilustrándolo con numerosas fotografías de los barcos que participaron en la epopeya.

 

 

Esta es una historia de derrotados, de perdedores: una historia del pueblo.

Tras quince meses de guerra civil y sufrimientos sin cuento,  abandonados por casi todos, solamente les quedaba lanzarse al mar para intentar salvar la vida. Embarcarse en cualquier cosa que flotase y tratar de alcanzar las costas francesas. Atravesar todo el Cantábrico, nada más y nada menos, e intentar llegar a Francia en cualquier cascarón de madera, en muchos casos sin ningún marino a bordo, casi siempre sobrecargados, faltos de alimentos y combustible, llevando heridos y niños y mujeres y ancianos… Fue a últimos de Octubre de aquel 1937, cuando las tempestades suelen ser corrientes en el golfo de Vizcaya.

Con ser bastante, no acababan ahí sus desgracias: frente a las bocanas de los puertos de Gijón, de Avilés; frente al trozo de costa que aún estaba en sus manos,  patrullaba la Marina de los nacionales, estratégicamente dispuesta, con sus minadores, sus cruceros auxiliares, sus bous, la aeronáutica naval… Pero por encima de todos y de todo, un barco y un nombre que permanecería grabado en la memoria de la gente durante generaciones: ¡el "Cervera"! El crucero "Almirante Cervera" con sus ocho cañones de 152 mm. y sus 34 nudos de andar. El mismo "Cervera" que ya a los pocos días de la sublevación aparecía delante de la playa de Gijón y estaba cañoneando la ciudad hasta que se cansaban o se les agotaban las municiones. El mismo "Cervera" que apresaba mercantes y aterrorizaba a los pescadores.

Consejeros y dirigentes de partidos y sindicatos, mujeres con niños de pecho, oficiales de Estado Mayor, funcionarios y periodistas, milicianos llegados del frente, jóvenes con ganas de aventura y viejos republicanos del siglo anterior, heridos arrancados de los hospitales por amigos fieles, todos, absolutamente todos, tenían un único pensamiento en la cabeza: huir para salvar la vida. Muchos, tal vez creyesen que se había perdido una batalla pero que la guerra todavía estaba por decidir, por ganar, y en su ánimo estuviese el continuar la lucha en otros frentes. Mas el "Dunquerke" asturiano no mereció figurar ni en la letra pequeña de la historia oficial.   Es lo que suele ocurrir cuando  la gente corriente es la única protagonista de los acontecimientos: ¡Si por lo menos hubiera un general, un comandante o un líder obrero al que colgarle la medalla!

Cuando el pueblo tiene que hacer frente solo, totalmente solo a un problema, arreglárselas para salir del atolladero, entonces… ¡eso no tiene importancia! Ya se sabe que su vida no es otra cosa que lucha, un día sí y otro también, para que alguien les dé un trabajo, para que el salario alcance para comer, para sacar la familia adelante…Entonces, y como siempre, ¡qué se apañen!

En Asturias no fue lo mismo que en Bilbao, donde hasta el subsocialista francés Leon Blum, promotor de esa traidorada a la España republicana que fue la "No Intervención", envió toda una escuadra para proteger a los barcos que evacuaban a la población; no fue ni siquiera como en Santander, no. La prensa francesa de la época, al referirse a los asturianos, no lo hacía con los adjetivos al uso: "republicanos", "gubernamentales"; sino que les denominaba como "los anarquistas asturianos", "los revolucionarios de Octubre", "los dinamiteros"… Así que a esos: ¡que los zurzan!

Estaban solos. Vencidos y abandonados. Dos o tres mercantes ingleses, contratados por las autoridades  republicanas, se aguantaban fuera de las tres millas de las aguas territoriales para ver de salvar el mayor número de náufragos y huidos. Buques de guerra de la Marina británica vigilaban que, al menos en aguas internacionales, las leyes del mar no fueran ostensiblemente conculcadas.

 

 

Y a todo eso se había llegado porque ese mismo pueblo había osado estar cinco años asomando un poco, solamente un poco, la cabeza por el agujero. Y, claro, para la carcamalia ibérica, además de  intolerable, era mucho más de lo que podía soportar; así que hacia tiempo que estaba medio afónica de desgañitarse gritando a sus generalitos "que si el comunismo", "que si la masonería", "que si el laicismo", "que si la patria está en peligro", "y la familia", "y nuestras hermanas"… ¡y la biblia en verso!

Gente corriente,  pueblo llano, que un día de Abril recibió con alegría y esperanza, sin un sólo incidente digno de mención, la llegada de la República. Un sábado de verano, al anochecer, cuando salía del cine, del circo, del teatro, cuando paseaba tranquilamente por la calle Corrida o hacía tertulia en los cafés, un ulular de sirenas de barcos puso música al comienzo de la tragedia.

-¡Es la guerra! ¡La guerra!

-¡A la Casa del Pueblo, todo el mundo a la Casa del Pueblo!

Eso gritaban los hombres que bajaban de Cimadevilla y se dirigían corriendo hacia El Humedal, hacia la Casa del Pueblo.

Sí, aquellos eran de Cimadevilla, pescadores y marinos. Porque esa es otra, otro lugar común más en el historicismo oficial: la Asturias de los mineros y la dinamita. Como si los mineros, en su trabajo, estuviesen todos los días prendiendo y tirando paquetes de dinamita, o como si, por contra, para arrimarle candela a la mecha y  lanzar el atadillo de cartuchos al parapeto enemigo hicieran falta, además de la imprescindible dosis de valentía, cinco años de experiencia como picador, ramplero o posteador. No, en Gijón era el pueblo laborioso de todos los oficios y de todos los barrios de la ciudad el que, en todas las gradaciones que van de la valentía al pánico, del heroísmo a la cobardía, se iba a enfrentar a las balas y a las bombas del enemigo. Tampoco era minero Cristino García, el famoso guerrillero del PCE, natural de Ferrero, Gozón, y criado en Castrillón, sino fogonero en el vapor "Luis Adaro"; y después de ser héroe en España lo fue también en Francia. Cristino García, un marinero que llegó a teniente coronel en la Resistencia francesa, condecorado con la Gran Cruz de la Legión de Honor por su increíble victoria sobre  los alemanes en La Madeleine, por su asalto a la cárcel de Nimes, por la liberación del departamento de Foix…

Y un miércoles veinte de Octubre, seis años y medio después de aquel día republicano de Abril, apenas transcurridos quince meses desde que todas las caracolas del mar pidiesen auxilio para la República en peligro, la gente corría con otro grito en la boca:

-¡Al Musel, al Musel! ¡A los barcos!

Era el Gijón de la derrota, el Gijón hambriento, famélico, aterrorizado por los bombardeos de la aviación. Con el cielo ya enlutado en premonitoria advertencia. Porque cuando entrasen los nacionales, y al contrario de lo que no se cansaban de proclamar, todos iban a tener mucho que temer, incluso "los que no hubieran robado ni tuvieran las manos manchadas de sangre."

No conozco las llamadas "instrucciones secretas de Mola" y no sé lo que en ellas se detallaría acerca de la represión, pero lo cierto es que aquello no iba a ser, precisamente, la rendición de Breda. El vencedor no se iba a conformar con las llaves de la ciudad, quería también adornar todas las lanzas con cabezas de rojos. Porque de lo que se trataba a fin de cuentas era de que en una larga temporada nadie gorgutase, que nadie se atreviese a asomar ni un pelo fuera del agujero. Y eso lo sabía el  pueblo, acostumbrado, entonces como ahora, a buscar la verdad en lo contrario de lo que le dicen.

Era el Gijón de la debacle, del sálvese él que pueda. Hasta los dirigentes y los propagandistas más fanáticos consideraron que, al menos por el momento, era mejor no "morir de pie" y tratar de encontrar una plaza en un barco, aunque hubiera que hacer todo el viaje "de rodillas". Si había que "resistir hasta el último hombre", ellos eran, casualmente, los antepenúltimos. Que si "resistir era vencer", siempre se podría vencer mejor en Cataluña o en otra parte.

No, no es desprecio lo que siento por aquellos dirigentes, simplemente, les critico, les reprocho, sí, esa distancia que tampoco ellos supieron, o quisieron, franquear: la que va del dicho al hecho. Enorme distancia para algunos. No se pueden pedir sacrificios a los demás que uno no esta dispuesto a realizar. No se puede ir de revolucionario profesional y luego desmayarse cuando ves a alguien sangrar por un dedo. Sí, claro, me imagino que tiene que ser muy jodido eso de estar en una trinchera y que te manden salir y avanzar hacia el enemigo, que te estará apuntando con el fusil a placer. Yo creo que para comprender lo que se siente en ese trance, no hay más remedio que pasar por ello; por eso habría que haber mandado a todos los mandamases, a todos los "imprescindibles", a las trincheras, aunque fuera solamente un día al mes; habría que hacerles participar en un ataque y aguantar un asalto, aunque fuera nada más que una vez en toda la guerra. Se dice que no hay nadie imprescindible, pero el dirigente se siente imprescindible e imprescriptible, y, para justificarse, nada mejor que rodearse de otros muchos "imprescindibles". La igualdad, que tanto se proclamaba y defendía, aumentaba en forma directamente proporcional a la proximidad a la línea de fuego, mientras que el privilegio, que tanto se detestaba, era en la retaguardia donde pervivía.

Se ordenaba fusilar a los tenientes y capitanes de aquellas unidades que se retirasen de una posición sin haber tenido más del cincuenta por ciento de bajas, y ya se estaban cargando las maletas en el "Somo". Aunque para muchos la huida no supusiera más que una propina de meses.

Pero no, hay que procurar no ser injusto. Se podrá decir todo lo que se quiera, pero cualquier líder obrero de entonces, cualquiera de aquellos republicanos leales, de izquierda o de derecha, parece un semidiós al compararlo con la clase política actual, esta sí, para mí, despreciable.

 

Porque la II República española acabó mal, pero… ¿cómo acabaron los demás países europeos? Porque, ¿qué parte de la II Guerra Mundial no es sino la suma de muchas guerras civiles?, como en Francia, en Checoslovaquia, en Italia, en Yugoslavia, en Grecia… Mucho se podrá criticar al régimen republicano y a la clase política de la II República, pero lo que nunca se podrá decir es lo que hoy se puede afirmar, sin ningún género de dudas, de los veinte años de reinado de Juan Carlos: Que tanto, tanto se robó y se saquearon las arcas del Estado, que a pesar de la corrupción de todas las instituciones, del mangoneo y mamoneo de la Justicia, no tuvieron más remedio que enjaular,  por chorizos, al gobernador del Banco España, al director de la Guardia Civil, a la directora del BOE, al presidente  de Banesto… Y eso, de momento.

Por otra parte, ni en las victorias ni en las derrotas del pueblo suele abundar la épica. El que quiera épica que la busque en otra parte: en el puente de un barco de guerra, en la cab ina de un caza, en el búnker de cualquier Estado Mayor, con sus estrellas, sus mapas y sus tacos de jamón. En el pueblo en guerra solo se encuentra hambre, mucha hambre, y sangre, mucha sangre, y barro, y piojos…: ¡Desgracias y mierda! Lo pinten como lo pinten los creadores de mitos de las religiones obreras.

¿Pero por qué una guerra tan cruel que, comparada con ella, las carlistadas del siglo anterior parecían peleas de niños?

(…)

 

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Supongo que el libro seguirá con la historia……pero no hace falta más.

 

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