El Martón

 
 
  Otra Curiosidad más de las tradiciones y cultura asturiana, recogida por D. Luis Argüelles y publicada en el diario " El Comercio" de Gijón, hace unos años.
 
 
EL MARTÓN
 
 
 
 
 
EL HOMBRE QUE DIALOGABA CON LOS DIFUNTOS

Se van los vivos hechos difuntos al otro mundo, también en Asturias. Unos, hartos, y otros, hambrientos; éstos, dejando hacienda propia; aquéllos, apropiada, y los más sin ella; dejan todos a los suyos consejos y recomendaciones, barato de moribundo, muchas mandas de auxilio para que, cuando ya estén soterrados, sus próximos cumplan.

Pero los de este valle de lágrimas, restañándolas pronto, como vivillos más que vivos, olvidaban presto aquellos socorros para la ultratumba.
Cansados de pudrirse de puro muertos, viendo que sus deudos olvidaron sus últimas voluntades, avisaban a los olvidadizos por medio de raros sonidos y no menos extraños ruidos que sirvieran de recordatorio. Y, si estos desmemoriados no entendían bien tales moniciones, recurrían a las bestias encargadas en tales casos, muñidores infernales, vivientes bajo el sol, con resabios antiguos de sombras, por lo que ejercen su oficio entre el anochecer y la aurora.

Mas como los vivos y coleando tienen oído tan sólo a la lisonja y sordo a la justicia, para esto último necesitan un toque de atención pavoroso. De ello se encargan, por recado del que se fue, perros aulladores, mochuelos chillones, murciélagos entrometidos y otras mil sabandijas correos del más allá.

Sólo ante esto escuchaban los vivos el aviso, y temerosos de la furia de sus descarnados mayores se proponían cumplir lo convenido.

Mas como torpes de entendederas para lo que les interesa, decidían consultar tal cuestión a perito en materia, que no era otro que el “martón” del que disponían en algunos lugares asturianos.

“EL MARTÓN”

Llamaron “martón” al hombre encargado de mantener diálogo con los difuntos. Hombre entrado en años, envejecido por los años más que por los trabajos, con industria establecida en la ignorancia de los más y consentida de los menos, con dignidad simulada del que no trabaja por dinero, pero admite obsequios. Sin tienda abierta, que nada vende, sino sus favores de ultratumba a quienes se lo solicitaban. No buscaba clientes, pues ellos venían a él. Su hacienda estaba en difuntos descontentos que él solo sabía congraciar con los herederos.

Era el martón buscado para saber qué es lo que deseaban los difuntos parientes que con sus avisos inquietaban a los que, aún mortales, disfrutaban de sus bienes.
Los herederos compulsados por tan claras llamadas desde el rincón oscuro, no sabiendo interpretarlas, acudían al martón. A veces lo tenían cerca de sus casas; otras, lejos: A él habrían de ir y acabar con tanto aviso espantoso.

El martón astuto, que sabe vida y milagros de vecinos suyos y ajenos por ser el secreto del taller de su industria, recibía a sus fieles.
– Taba esperándovos…. –y, poniendo cara resignada, añadía: -¿Qué queréis de mí?.
Los solicitantes le narraban las señales, diciéndole: “oyimos ruidos na sala…”, o “ chilló la coruxa”, o “Sigue el perru dándonos glayíos”, y mil señales más.
Entonces, el martón “fai un repasu por si cayeren en falta….”.
– ficistis el entierru quel queríe? ¿Taben toos los que tenín que tar ? ¿Dejó dalguna cosa que pagar que non se pagó? ¿Fixéronse toes les mises?.

Después del repaso, como confesor que usa como índice los mandamientos, averiguadas más cosas de éstos y aquéllos, para usarlas a su tiempo, les insinuaban parte del remedio. Otras veces, el muy bribón, usando confidencias de otros sus fieles, les adelantaba aquellas cosas secretas simulando revelaciones, ante el sombro de los consultantes, con lo que su prestigio como estafeta del más allá aumentaba.

-Daime tiempo –decía-, que debo falar con ellos esta noche. Dentro unos dis volvéis y diremos lo que tenéis que facer.
Entonces los consultantes le ofrecían presentes del campo o de su industria, pero jamás dinero, que ofendería el honor del martón. Y, recibidas las especies como regalo propiciatorio, se van.

El martón, zorramplón, de oficio, les decía, a cada obsequio, que no era necesario que le regalaran, pero los recibía gustoso mostrando remilgos sin fin. Todo un protocolo que la costumbre exigía y que disimulaba el pago de sus buenos oficios.
Pasados los días previstos, volvían los atormentados deudos a saber los avisos de sus difuntos descontentos.
El martón, muy sobrepuesto, los recibía con aires sigilosos, fingiendo conversaciones de ultratumba en sus diálogos nocturnos con los difuntos que le habían dispensado su confianza. Les comunicaba, usando de la confesión de parte consultante, con teatro y fingimiento, cuáles eran los deseos y necesidades de aquella alma en pena que tenía por negocio urgente que se cumplieran aquellas cosas para, al cabo, descansar en paz.

– Dixei que quedara tranquilu, que too va cumplise –comentaba muy serio.
Si, si , si –asentían aquellos infelices- , faremos lo que diz.
-Bien –continuaba el martón, paternalmente, deciéndoles, por ejemplo:
-Olvidósevos meter en la parte de la tu hermana aquella ropa blanca… Que no n se devolvió lo uqe el defuntu debía a …Aquel finxu de la tierra que había cambiao….

Y esto, y aquello… Pero siempre había recomendación para que se celebrasen algunas misas y limosnas para las ánimas del purgatorio. Un novenario o unas gregorianas era lo usual. En otras ocasiones, una cuestación entre vecinos para celebrar sufragios daban carácter público a la institución.

EL FENÓMENO SOCIAL

El martón cumplía una misión específica coadyuvante de justicia en la partición de herencias y para realizar la voluntad del finado. El carácter público de la cuestación, en ocasiones, resultaba ser una sanción social. Los abundantes sufragios que el martón indicaba que se celebraran, aparte del beneficio para el alma del difunto, allegaban al rector de la parroquia ingresos en dinero o especies siempre bien recibidos. Consecuencia de esto último era la tolerancia que se tenía hacia el martón por parte de la ortodoxia y que éste sabía muy bien aprovechar.

La mayor ilustración del clero, el cambio paulatino de mentalidad, debida a la industrialización, y el cambio total de preocupaciones trascendentes, dieron fin a esta institución del martón.
Nótese que nada tenía que ver con brujerías, o pactos demoníacos, sino con una picaresca que sabían ejercer algunos para vivir a cuenta de otros de conciencia atemorizada y regalar a aquéllos para que le dejaran vivir con su negocio singular.

El martón dejó de existir como elemento social a principios de siglo, como observó Angelín el del Casino de Corvera.

Luis Argüelles
Publicado en El Comercio
18 /12/1982

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Asturias. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El Martón

  1. XuRd€ dijo:

    Pues si que es curiosa la historia esta del Martón. En Madrid las historias que hay son sobrea las casas embrujadas de la Plaza Mayor.Aunque la región que más leyendas tienes es sin duda Galicia, con sus historias de Meigas y de a costa da morte. Ademas a mi me encantan este tipo de historias, me recuerdan el folclore de nuestra tierra.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s