Poema de Celso Amieva

 

 

Poema de Celso Amieva en los que se emplea el término

“celta” o son de carácter claramente celtista:

 

 

La Virgen de Guía vino por el Mar…

De Irlanda lejana, de la Verde Erin

la Virgen de Guía vino por el mar.

Vino por el mar

como vino el Santo Cristo de Candás.

Desbravando vientos, domando galernas

vino por el mar

hace cuatro siglos, cuatro siglos ya.

Vino como vienen los vientos mareros,

vino por el mar,

vino en la marea del buen marear.

Vino de la mano sabia de la luna,

vino por el mar,

vino como el ocle con yodo y con sal.

Vino por el mar

la Virgen de Guía, vino por el mar.

En el Dolmen de la Boriza

Altar o sepultura, se levanta

vera a la mar y hace sagrado el aire.

La ñétoba enigmática allí canta

y una pastora, a la que nada espanta,

sonríe, de las piedras al socaire.

El rito de los cámbaros asados

aromatiza el dolmen. ¡Sacrificio

entre los recios bloques asperjados

de sidra, a torvos dioses olvidados!

¡Pléguele al porvenir sernos propicio!

El llar humea, ennegrecido el techo

sagrado de la bóveda de llábanas.

De yedra, brezo, rozo, musgo, helecho,

vése aquí la yacija, nuestro lecho

nupcial, el sin colchones y sin sábanas.

Todo el fragor del mar llena el recinto.

Mientras la cambarada se chamusca,

remonto de la historia el laberinto

y en la imaginación mil cuadros pinto,

de mi yo prehistórico en la busca.

¡Oh zagala del dolmen! ¡Mar! ¡Boriza!

Mi alma, a las remotas eras vuelta,

corrobora su esencia primeriza

hoy, que en vuestra compaña profundiza

el gran misterio de su noche celta.

Soneto de la Sidra

Sidra, bendita seas, ora en chorros aurinos

de las botellas saltes a vasos cristalinos,

ora a tarreñas rudas de metales cetrinos,

ora a los frescos labios de Nidia purpurinos.

Bendita sea tu espuma, cual mexar de angelinos

de dulce y rumorosa; benditos gorgorinos

que de la voz de Nidia humedecéis los trinos.

Benditas las manzanas y sus jugos divinos.

Bendita sea la sidra, pues que a la gaita dota

de vibraciones celtas y da al cantor la nota.

Bendito el ijujú que a su conjuro brota.

Bendito viaje, neña, al que al astur bebida

tu cuerpo todo sed a mi salud convida;

benditos su trayecto, su entrada y su salida.

Gaita en la bruma

La neblina lo invade todo.

Si el son lejano de la gaita

fue ahogado por ella,

su dejo reaparece, reaparece

con las intermitencias de un lírico guadiana,

que nos somete, irresistible,

también al propio encantamiento.

Encantados en la neblina

ya se hallan asimismo

la color verde de los prados.

los gayos colorines de las mozas aldeanas,

al áureo sacramento de la sidra,

la olor de las ablanas que crujen en las bocas,

el estallido de los voladores

y la voz de un mozo cantor.

Son los aires de Asturias en sutil quintaesencia

los que hinchen el fuelle de la gaita,

y que al votar van transmutados

en un hilo sonoro, largo, agudo

que en húmedas volutas prólongase, prólongase

y se queda enzarzado en los helechos,

los robledales y las pumaradas.

Como un cohete más, asciende un ijujú;

se sostiene sobre la niebla

igual que un pájaro salvaje

y luego va bajando, va bajando

y se sumerge nuevamente

en su profundo estrato céltico.

La gaita alegra, si no atrista.

Su son es del color

del alma que la escucha.

 

 

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