Nin tú yes tú

 
 
 
        Poema de:

MIGUEL ROJO

 

(Zarracín, Tinéu, Asturies, 1957)

 
 
     

 

 

Nin tu yes tú

nin yo soi lo que pinto,

naide paez lo que realmente ye.

Xuegu d’espeyos onde reflexar

lo que los demás de nós queremos albidren.

Xuegu d’apariencies por onde esmucise,

camuflase como insectos no más tupo la biesca.

Nin tu, nin yo, nin siquiera aquél.

 

Mio pá traxo na suela los zapatos

el polvu de los caminos de Lleón.

Mio pá, cuando vieno, tenía ‘l corazón

encoyíu pol mieu y la fame. Y el verde de los praos,

de les guerreres y el capote seique lu emborrachó

col anís del poder y el deber, esi qu’ envuelve

y marea d’afuera a dientro.

Mio pá tampoco nunca nun foi lo que foi.

Quiciás porque se fartó al camín ensin nada que buscar.

O porque enxamás paró  a sacase d’embaxo ‘l llastre

del polvu antiguu,

aquello que traxera nos zapatos.

¿Quién sabe?

 

 

Mio má tampoco nunca nun foi lo que foi.

Cuando nena, los Reis Magos

regalaron-y una naranxa pa repartir ente siete hermanos.

Y aquel regalín féxola feliz:

pescanció de golpe l’ inimaxinable

orden divinu que rexía ‘l  mundu,

pues ocho gaxos esactos tenía la fruta.

Nin unu más, nin unu menos.

Estes son les pequeñes coses que marquen a fueu

y fain  perdonable

aquello que, d’otra miente, enxamás habríemos d’aceptar.

Camiento qu’hubo tardes nes que, al vese reflexada

nos cristales, la dulda sola infalibilidá

de  la so certeza infantil debió pasa-y per delantre

como pasen los trenes a gran velocidá.

Pero yá dixe qu’hai coses que marquen

más que ‘l fierru ingriente.

¿Quién sabe?

 

Y ye que naide paez lo que realmente ye,

nin tu yes tu,

nin siquiera aquél

y muncho menos yo.

¿Sábeslo tu?

 

 

En Castellano: 

Ni

Ni tú eres tú

ni yo soy lo que pinto

nadie parece lo que realmente es.

Juego de espejos donde reflejar

lo que los demás de nosotros queremos piensen.

Juego de semejanzas por donde escabullirse,

camuflarse como  insectos en lo más oscuro  del monte.

Ni tú, ni yo, ni siquiera aquél.

 

Mi padre trajo en al suela de los zapatos

el polvo de los caminos de León.

Mi padre, cuando vino, tenía el corazón

encogido por el miedo y el hambre. Y el verde de los prados,

de las guerreras y el capote lo emborrachó

con el anís del deber y el poder, ese que envuelve

y marea de afuera a dentro.

Mi padre tampoco nunca fue lo que fue.

Quizás porque se hartó al camino sin nada que buscar.

O porque jamás se detuvo a quitarse el lastre

del polvo antiguo,

aquel que trajera en los zapatos.

¿Quién sabe?

 

Mi madre tampoco nunca fue lo que fue.

Cuando niña, los Reyes Magos

le regalaron una naranja para repartir entre siete hermanos.

Y aquel regalo la hizo feliz:

comprendió de golpe el inimaginable

 orden divino que regía el mundo,

pues ocho gajos exactos tenía la fruta.

Ni uno más ni uno menos.

Estas son las pequeñas cosas que marcan a fuego

y hacen perdonable aquello que, de otra manera, jamás habríamos de aceptar

Supongo que hubo tardes en las qué, al verse reflejada

en los cristales, la duda sobre la infalibilidad

de su certeza infantil debió de pasarle por delante

como pasan los trenes a gran velocidad.

Pero ya dije que hay cosas que marcan

más que el hierro ardiente.

¿Quién sabe?

 

Y es que nadie parece lo que realmente es,

ni tú eres tú, ni siquiera aquél

y mucho menos yo.

¿Lo sabes tú?

 

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